Los crecientes avances en los últimos años de todas las disciplinas, han llevado inevitablemente a una especialización cada vez mayor que permite comprender y modificar gran diversidad de expresiones patológicas del ser humano. Pero el avance no solo comprende el desarrollo intrínseco de cada ciencia en particular, sino que el aporte interdisciplinario también se enriquece y se complejiza.
A los efectos de este artículo me referiré en especial a la medicina y la psicología y la complementariedad entre ambas. El desarrollo de la imagenología, del estudio de los mediadores químicos y la decodificación de “mensajes” genéticamente trasmitidos, ha puesto a las ciencias positivistas en un lugar muy destacado. Si a ello sumamos lo que la difusión informática brinda a la divulgación de todo lo que se puede ver, cuantificar y manipular, considerar hoy cualquier enfermedad humana como no diagnosticable o incurable sería sólo una cuestión de tiempo.
Así planteadas las cosas el avance de la psicología y las psicoterapias parecerían insignificante comparados con todo lo anteriormente mencionado. Lo que para las ciencias positivistas es “ver” o cuantificar más y mejor, para la psicología es escuchar y comprender más y mejor. Si no hubiéramos avanzando seguiríamos tratando solamente pacientes neuróticos como en la época de Freud y sin embargo hoy no sólo abordamos psicoterapéuticamente mayor número de patologías, sino también distintos grupos etarios (desde lactantes hasta ancianos), trabajamos con patologías vinculares y trastornos de personalidad e incluso la alteración de la realidad expresada en un delirio no es ajena a la posibilidad de la comprensión de un significado. Abarcar todo este amplio espectro del sufrimiento humano, ha requerido reformular las teorías, adecuar las técnicas y afinar cada vez más nuestro principal instrumento terapéutico, la palabra.
Dentro de los avances de la psicología y las psicoterapias, se encuentra la capacidad de escuchar, comprender y por lo tanto también interpretar para ayudar a mejorar al paciente orgánicamente enfermo. Cuando Freud infirió que tras una modificación corporal podía estar implicado un conflicto inconsciente reprimido, hizo el aporte más significativo para la superación del dualismo cuerpo – mente y habilitó de pleno derecho la posibilidad de que la acción terapéutica de la palabra, restableciera la alteración patológica de la materia. Esa valiosa semilla sembrada por Freud, lamentablemente no ha sido regada lo suficiente, sino que hasta en algunas ocasiones se ha obstaculizado prejuiciosamente su desarrollo. Es así que para muchos terapeutas cuando un paciente enferma orgánicamente, le seden el principal protagonismo al médico y limitan su accionar a trabajar con las reacciones del paciente ante su enfermedad (angustia, depresión, miedo a la muerte, etc.)
En otras oportunidades animados por una escucha más abierta “descubren” metáforas en las representaciones del discurso del lenguaje corporal del paciente y se animan a sentirse habilitados para interpretar ese guión imaginario del síntoma y su significado comprensible. Dicha interpretación muchas veces carece del necesario conocimiento y sustento teórico que la habilite, así como de una técnica adecuada, lo que hace que quede reducida a una traducción ingeniosa y racional que pierde la efectividad terapéutica, porque su formulación está sostenida más por una explicación, que por una interpretación de un significado inconsciente.
Llegamos así a una cuestión fundamental, los recursos del psicoterapeuta sólo serán validos y efectivos si se abre a la posibilidad de que todo síntoma neurótico, psicótico, conductual, perverso u orgánico, es la expresión de algún aspecto reprimido que no halló otra forma de acceso a la conciencia. Si no habilitamos esta hipótesis, no sólo restringimos o negamos la participación patológica de” lo inconsciente” en algunos síntomas, sino que hacemos un ejercicio de nuestra práctica sostenido por un dualismo cuerpo – mente.
El psicoterapeuta tiene mucho para hacer ante el paciente orgánicamente enfermo, pero para eso es necesario reformular y repensar aspectos teóricos que integren una epistemología unitaria en sus paradigmas. También es necesario profundizar en el estudio de otros modos de expresión simbólica, como lo han hecho quienes abordan terapéuticamente pacientes con patologías orgánicas.
Se deberá también adecuar la técnica, para responder en algunos casos a la urgencia de la expresión somática.
Ampliar el conocimiento del paciente que nos brinda la escucha, lo que modificará también el recurso terapéutico de la interpretación que deberá ser el más adecuado a las diferentes expresiones somáticas.
Luego de años de experiencia trabajando psicoanalíticamente con pacientes con trastornos orgánicos, hemos ido desarrollando recursos que consideramos un aporte a la formación del psicoterapeuta en general (porque todos atendemos personas y estos en algún momento pueden enfermar orgánicamente), y también hemos ido definiendo un área de especialización dentro de la psicología que se nutre de la permanente interacción entre la clínica, la teoría y la técnica.
Todo lo expuesto y las investigaciones que realizamos están contenidas en nuestros dos primeros libros: “Cuando el Cuerpo Habla. Enfoque psicosomático del enfermar” y “Mensajes del Cuerpo (1999). Enfoque psicosomático del enfermar" (2006), ambos editados por Trilce.
Esta experiencia y las actualizaciones de la obra del Dr. Luis Chiozza es lo que trasmitimos en nuestros cursos.
Dra. Gladys Tato
Marzo, 2015